
Por Eleanor Driscoll del Valle
Tras tres inolvidables meses en la costa ecuatoriana, vuelvo solo con buenos recuerdos.
Antes de comenzar esta experiencia, sentía un miedo profundo. Tras leer noticias sobre la creciente inseguridad en el país, me invadía la preocupación de estar completamente sola, en la otra punta del mundo. Pero conseguí afrontar este miedo, me subí al avión y comencé mi aventura.
Las primeras semanas las viví un poco en estado de shock, me mude a un pueblo muy pequeño, Cadeate, en el que solo acabaría viviendo un mes. En este pueblo rara vez se veían turistas extranjeros, mi calle no estaba asfaltada por lo que cada vez que llovía se volvía un barrizal, no tenía agua caliente… definitivamente estaba fuera de mi zona de confort, pero poco a poco me fui acostumbrando.
Una anécdota graciosa que me ocurrió en mis primeros días fue cuando fui a comprar plátanos a una pequeña frutería local. Pedí un dólar de plátanos, pensando en los precios a los que estoy acostumbrada en España. La chica me
miró con cara extrañada y, sin decir nada, me dio el racimo entero: unos 16 plátanos. Sentí tanta vergüenza que los acepté y terminé comiendo cuatro o cinco plátanos al día durante varios días. Así aprendí que una cantidad mucho más apropiada habría sido pedir unos 25 centavos.
Después me mudé a Montañita, un pequeño pueblo surfista, donde conocí a un grupo de gente local y no local que acabarían siendo mi pequeña familia en el otro lado del mundo. Durante el voluntariado tuve la oportunidad de visitar muchas otras comunas, algunas más remotas que otras, y de conocer de primera mano cómo son las vidas de los comuneros y las dificultades que afrontan en su día a día. En muchas ocasiones se me revolvía el estómago al ser consciente de la comodidad con la que vivimos muchos, sin apenas darnos cuenta. Además, participé en salidas al
campo, donde visitamos zonas de reforestación y otras gravemente contaminadas, así como pozos de agua, lo que me permitió aprender muchísimo sobre la gestión de estos espacios, el acceso al agua y los retos ambientales del
territorio. También asistí y colaboré en sesiones formativas dirigidas a los comuneros, centradas en el uso sostenible de los recursos, la gestión del agua y la protección del entorno, experiencias que ampliaron profundamente mi visión y
reforzaron mi compromiso con el trabajo comunitario y ambiental.
Me cuestioné muchas veces si las ayudas proporcionadas generan un impacto realmente significativo y si las comunidades efectivamente se ven beneficiadas a largo plazo. En varios casos, tanto a través de testimonios de la población local como de observaciones directas, observé que, tras un par de años, proyectos de ayuda quedan abandonados, las comunas se quedan una vez más sin nada.
Además, durante mi trabajo con la organización, observé que existe una presión constante por cumplir con plazos y gastar presupuestos predeterminados, lo que limita el tiempo disponible para desarrollar planes con una base sólida y
sostenible. También presencié problemáticas sociales muy graves, como un alto número de embarazos jóvenes, muertes infantiles, desnutrición infantil y de mujeres embarazadas, casos de enfermedades de transmisión sexual, accidentes de tráfico frecuentes y un nivel de alcoholismo preocupante, especialmente entre la población masculina. Estas situaciones reflejan la falta de acceso a una atención sanitaria adecuada, la ausencia de educación preventiva y las profundas desigualdades estructurales que afectan a las comunidades rurales, y que, por lo tanto, dificultan las ayudas, y en mi opinión enseñan la importancia de una ayuda transversal. La importancia de integrar la educación, la participación comunitaria y la planificación sostenible en cualquier intervención.
A pesar de todo esto, solo recibí amabilidad y un abrazo cálido de la población local. Me invitaron a sus hogares, me dieron de comer, me enseñaron con paciencia sus costumbres y tradiciones y por ello no puedo estar más que agradecida.
Además, me llevaré conmigo todas las tardes jugando al vóley en la playa, viendo el atardecer con el pequeño grupo de gente local que me acogió. Las tardes soleadas surfeando con mis amigos, el mar cristalino, de tal manera podías ver el fondo, los peces, las olas perfectas. Las conversaciones y el sentimiento de agradecimiento de que confiasen en mi para escucharlos, y en contarles mis experiencias también.
Si algo tuviese que decirle a alguien que está pensando en hacer una experiencia como esta, y si soy partidaria de algo es, no lo dudes, muévete todo lo que puedas, lo más lejos que puedas, camina en los zapatos de otra persona o por lo menos come su comida, sumérgete, escucha a las personas, aunque a lo mejor no las entiendas o no estés de acuerdo con ellas. Los viajes no son siempre cómodos, pero te cambian, y deberían cambiarte. Te dejan marcas en la memoria, a veces en el cuerpo, como mis cicatrices de las picaduras de mosquito. También te rompen el corazón, pero te lo vuelven a llenar. Te llevarás el viaje siempre contigo, y dejaras parte de ti donde visites.
