

Mi nombre es Carmen Ortiz, soy estudiante de cuarto curso en el grado de Periodismo en la Universidad Carlos III de Madrid. Hace un año, me llegó una notificación al correo electrónico de que abrían las convocatorias para hacer voluntariado internacional y tras leer mucho en qué suponía, mandé mi solicitud. Fueron varios meses de incertidumbre y de no saber realmente si finalmente podría ir a Barranquilla, Región Atlántico, Colombia.
Considero que mi voluntariado empezó con la reunión global de todas las personas que íbamos desde la Comunidad de Madrid como voluntarias alrededor del mundo. Aquel día, aparte de tener un sinfín de información y de miedos transmitidos por profesores pude conocer a todas las chicas que nos íbamos a Colombia. En ese momento conocí a la que sería mi compañera de aventuras los tres meses de voluntariado Isabella Muñoz y a Lucía Menéndez, una amiga que, aunque no íbamos al mismo proyecto ni universidad hemos podido compartir muchos momentos juntas en Barranquilla.

Soy una persona muy nerviosa y antes de ir quería saber todo sobre el proyecto en el que iba a participar y aunque conseguí tener una videollamada con la directora de Prensa Escuela, Sonia Rocío Cañón, a mí me seguían rondando mil dudas por la cabeza. Todas las personas de mi alrededor (amigos, familia, conocidos…) a las que le decía que me iba a Colombia me miraban con cara de lastima y no de alegría, pues existen muchísimos prejuicios sobre Latino América y considero que, en específico de Colombia, más.
Llegué a Barranquilla sabiendo que el calor achacaba la ciudad todos y cada uno de los días del año y la pregunta que más me hacían al principio era: ¿Te has adaptado ya? En mi caso, siendo de Alicante sentía aquel calor húmedo como un día fuerte de verano, pero que en vez de ser un día puntual era todos los días. Los barranquilleros se cobijan como pueden del calor aplastante en centros comerciales y cualquier lugar que tenga aire acondicionado. Cierto es, que después les cae un “aguacero” (una lluvia descontrolada) y se forman los famosos arroyos de Barranquilla. La cantidad de agua que cae es tanta que se crean ríos en las calles, las clases se pueden llegar a cancelar y en muchos puntos de la ciudad deja de funcionar la red wifi o incluso las señales de los móviles.
Con las altas temperaturas os podréis imaginar lo imprescindible que es hidratarse todo el rato y no solo con agua, sino que en la costa de Colombia hay una gran cultura de beber jugos. En España le diríamos zumo de fruta natural, pero ya os digo que sin llevar azúcar esas bebidas son auténticas delicias. Como dice mi tutora, las personas que venimos de España preferimos probar los diferentes tipos de jugos a beber cerveza y no le falta razón. Hablando de gastronomía, lo que nosotros diríamos “menú del día” ellos le llaman corrientazo o menú ejecutivo. Consta de un plato con arroz, proteína a elegir, lentejas y tajada (un trozo de plátano cocinado).

Todo lo nombrado hasta aquí hace referencia a mi adaptación en la ciudad, pero en cuanto voluntariado el proyecto en el que me han brindado la oportunidad de estar ha sido Prensa Escuela. He podido conocer la ciudad de Barranquilla a través de sus instituciones escolares. Durante las semanas junto a mi compañera Isa hemos podido dar talleres de expresión corporal, sobre redacción periodística, redes sociales y lo que más ilusión me ha hecho, hemos podido contribuir a abrir en dos colegios de la ciudad la radio escolar. Tras varias sesiones de modulación de la voz, escritura de libretos y posicionamiento ante el micrófono, los docentes junto a los rectores ponían todos los medios para comprar una mesa de radio y emitir las retransmisiones para todo el colegio.
La otra gran parte del proyecto transcurre los sábados, pues más de 240 alumnos van a la universidad autónoma del Caribe a sus diferentes talleres de Prensa Escuela. En mi caso, tuve la gran suerte de ser coordinadora de uno de los grupos de narrativas radiales. Durante todo el semestre he podido trabajar con entorno a 30 estudiantes un proyecto final que se publicará en las páginas oficiales del programa. Además, he podido asistir al momento que los alumnos más esperan, la clausura. Una especie de graduación donde todos los alumnos se visten de gala para obtener sus certificados.
Y es que, aunque mi colonia durante estos meses haya sido el repelente de mosquitos, no me haya gustado nada que anocheciese tan pronto (hay días que a las 5:30 p.m. ya está de noche) y el tráfico caótico de la ciudad me recordara todos los días las grandes posibilidades que tenía de morir en un accidente, como dice la canción “en Barranquilla me quedo”. Esta ciudad y sus habitantes hacen que te enamores de sus ritmos musicales, de su pasión por el carnaval y su gran capacidad para querer a todas las personas que vienen de fuera. Mi experiencia ya se ha terminado, pero sé con bastante certeza que volveré para reencontrarme con las grandes amistades que dejo acá.
