
Por Carla Hilario Manzana
Soy Carla Hilario y este verano viajé a Honduras para colaborar como voluntaria con ACOES. Llegué con ilusión, pero también con muchas preguntas. No sabía muy bien qué me iba a encontrar. Hoy, después de la experiencia, solo puedo decir que ha sido uno de los aprendizajes más profundos de mi vida.
Desde el primer día en Tegucigalpa entendí que la realidad era muy distinta a la que conocía. Barrios con enormes carencias, familias que luchan cada día por salir adelante y niños que crecen en contextos marcados por la desigualdad. Sin embargo, en medio de todo eso, los colegios de ACOES funcionan como pequeños refugios: lugares seguros donde aprender, jugar y, sobre todo, sentirse queridos.
Mis primeras semanas las pasé con niños y niñas de infantil y primaria. Allí descubrí que el juego puede ser la herramienta educativa más poderosa. Canciones, manualidades, teatro o dinámicas en grupo se convertían en momentos de calma y alegría para pequeños que, muchas veces, cargan con situaciones familiares muy duras. Ver cómo sonreían y se soltaban poco a poco fue uno de los regalos más bonitos del voluntariado.
Después comencé a trabajar con adolescentes y jóvenes que habían conseguido acceder a la universidad gracias al apoyo de la organización. Les daba clases de refuerzo en lengua, redacción y técnicas de estudio. Muchos llegaban cansados, después de trabajar o tras largos desplazamientos, pero siempre con el cuaderno listo y unas ganas enormes de aprender. Su esfuerzo y su compromiso me hicieron replantearme muchas ideas sobre lo que significa realmente “merecer” una oportunidad.
Uno de los momentos más intensos fue la preparación de la prueba de acceso a la universidad. Durante semanas estudiamos comprensión lectora, lógica y estrategias de examen. Pero más allá de los contenidos, trabajamos la confianza. Muchos habían crecido escuchando que la universidad no era para ellos. Ver cómo empezaban a creer en sí mismos, cómo pasaban del miedo a la seguridad, fue emocionante.
También tuve la oportunidad de acompañar proyectos en zonas rurales, donde estudiar es casi un acto de resistencia: largas distancias, pocos recursos, falta de materiales o de internet. Allí entendí que algo tan sencillo como tener una mesa, luz o silencio para estudiar es un privilegio. Aun así, los estudiantes seguían esforzándose cada día.

Una experiencia muy especial fue trabajar con mujeres adultas que nunca habían podido ir a la escuela. Enseñarles operaciones matemáticas básicas y ver su orgullo al resolverlas por sí solas me recordó que la educación no tiene edad y que aprender también es recuperar dignidad.
Si algo me llevo de ACOES es la fuerza de la comunidad. Aquí nadie es un beneficiario pasivo: todos ayudan, colaboran y sostienen el proyecto. Se crea una red donde cada persona cuida de la otra. Esa sensación de pertenencia lo cambia todo.
Regresé a casa con la certeza de que la educación puede transformar vidas, pero también transforma a quien enseña. Honduras me enseñó a valorar lo esencial, a escuchar más y a entender que, a veces, acompañar ya es suficiente.
El voluntariado terminó, pero sigo en contacto con varios estudiantes de forma online. Porque los vínculos que se crean allí no desaparecen. Se quedan contigo.
Y yo sé que una parte de mí también se ha quedado en Honduras.
