
Por Eduardo De La Cruz Fernández
Escribo estas líneas con la piel todavía impregnada del salitre de Oaxaca y la mente llena de rostros que ya siento como familia, tras tres meses de una experiencia que ha transformado mi forma de entender la cooperación. Al recordar mi estancia entre noviembre y enero, me invade una mezcla de gratitud y asombro; no solo por los paisajes, la naturaleza y el mar, sino por la resiliencia de quienes habitan San José Manialtepec, la Selva El Gavilán y la Bahía de Chacahua. Fue emocionante ver el brillo en los ojos de los maestros cuando descubrimos juntos cómo la inteligencia artificial podía aligerar su carga administrativa, permitiéndoles dedicar más tiempo a lo que realmente aman: enseñar a sus niños y jóvenes. Entre esas aulas y las tardes de inglés con los vecinos, sentí que la tecnología, cuando se comparte con propósito, acorta distancias insalvables.
Esa misma sensación de utilidad me acompañó al adentrarme en la espesura de El Gavilán, donde el diagnóstico participativo dejó de ser un término técnico para convertirse en charlas sinceras bajo la sombra de los árboles y las plantas de café. Diseñar su sitio web de ecoturismo no fue un simple trabajo de oficina; fue el esfuerzo de traducir su amor por la selva a un lenguaje digital que permita al mundo conocer su paraíso. Pero quizás el momento más sobrecogedor fue en Chacahua, caminando por la playa en patrullajes nocturnos bajo un cielo infinito, sintiendo la responsabilidad de proteger cada nido de tortuga marina. Tras el paso del huracán, ver a la comunidad levantarse y ayudarme a reconstruir el campamento mientras liberábamos crías al amanecer me enseñó que la conservación es, ante todo, un acto de fe y resistencia colectiva. Me marcho con la satisfacción de dejar herramientas digitales operativas y sistemas de donación en marcha, pero sobre todo, con el corazón lleno de la fuerza de una costa que lucha por su futuro sostenible.