

Proyecto Terra (Universidad del Norte).
Cuando llegué a Barranquilla me preguntaba qué hacía allí. Me sentía perdida, lejos de todo y un poco sola, sin saber muy bien qué me esperaba. Tenía ilusión, pero también miedo, dudas y muchas preguntas. Hoy, sin embargo, solo puedo pensar en volver. Volver para seguir creando actividades, para seguir aprendiendo junto a los niños, para seguir construyendo espacios donde el juego se convierta en aprendizaje, para seguir riéndome en la oficina y para seguir conociendo a personas que, sin saberlo, ha dejado una huella enorme en mí.

Lo que más me ha llenado de esta experiencia ha sido, sin duda, compartir cada viernes y sábado con los niños. Su entusiasmo, su curiosidad infinita y su
agradecimiento constante hacen que todo cobre sentido. Cada actividad, cada mural y cada juego se convertía en una oportunidad para compartir, reír y aprender juntos.
Desde los talleres de flora y fauna hasta los juegos sobre cuerpos de agua, reciclaje o
pesca sostenible, que pueden sonar un poco más aburridos, ellos siempre estaban dispuestos a participar, a opinar y a aportar. Ver cómo se emocionaban al reconocer una planta de su entorno, al explicar para qué servía o al enseñar con orgullo el trabajo que habían hecho fue algo profundamente especial.
Con los adolescentes la experiencia fue diferente, pero igual de valiosa. Al principio eran más reservados, más tímidos, incluso algo desconfiados. Supusieron un reto mayor, tanto a nivel educativo como personal. Sin embargo, poco a poco se fueron
abriendo, participando y compartiendo conmigo esta experiencia que terminó siendo tan suya como mía. Recuerdo especialmente cómo fueron ellos mismos quienes propusieron acciones para mejorar su entorno, como la limpieza de un parque cercano al colegio. Ese día entendí que la educación ambiental no es solo teoría, sino acción, compromiso y responsabilidad colectiva.

Si eres una persona curiosa y amante de la naturaleza, como yo, debo decirte que no es fácil enfrentarse a muchas acciones cotidianas que se llevan a cabo allí y que, desde
nuestra perspectiva, pueden parecer casi un crimen contra el medio ambiente. Ver basura acumulada en arroyos, espacios naturales descuidados o prácticas poco
sostenibles duele. Ser consciente de ello remueve por dentro. Pero precisamente ahí está la clave de todo. En no mirar hacia otro lado, en entender el contexto y en
trabajar desde la educación y el acompañamiento.
Creo firmemente que los niños tienen la fuerza y la capacidad de generar un gran cambio en su entorno, y con nuestra ayuda es justo eso lo que intentamos desarrollar en este proyecto. Es impresionante lo conscientes que son de los problemas que les rodean, lo atentos que están a su realidad y las ganas que tienen de aportar su granito de arena para mejorarla. Como ambientóloga, no existe mayor orgullo que acompañar a una comunidad en este proceso y sentir que estás sembrando algo que puede crecer con el tiempo. El libro de inventario de flora que creamos juntos, los murales
ecológicos o los semilleros que plantamos son mucho más que actividades: son símbolos de aprendizaje, de identidad y de futuro.
A nivel personal y profesional, esta experiencia me ha cambiado profundamente. Me fui siendo una persona y volví siendo otra. He descubierto una pasión enorme por la educación ambiental y he desarrollado habilidades que hasta ahora no había tenido la oportunidad de trabajar: creatividad, liderazgo, gestión de grupos, adaptación
constante y, sobre todo, escucha. Nunca pensé que llegaría a ser esa persona que, aun siendo la más dormilona que conoce, se levantara a las seis de la mañana feliz por ir a una oficina.
Si te preocupa no sentirte a gusto en una ciudad como esta, si sientes inseguridad o miedo, solo puedo animarte a que des el paso. A que hagas ese voluntariado que te lleva rondando la cabeza tanto tiempo. Esta es tu señal. Cosas que al principio parecen un drama —no tener una carretera asfaltada, el clima caluroso, la falta de
comodidades— terminan formando parte de tu nuevo hogar. Aprendes a relativizar, a adaptarte y a valorar lo esencial.
No solo puedo hablar del cariño inmenso que me dieron los niños, sino también de cada persona que se cruzó en mi camino durante esta experiencia. Siempre
haciéndome sentir parte de ellos, con una empatía, generosidad y humanidad que no
se olvidan. He aprendido de su cultura, de su forma de vivir, de su manera de afrontar las dificultades y de celebrar las pequeñas cosas.
Y, por supuesto, no puedo terminar sin mencionar al increíble equipo del que tuve el honor de formar parte. Gracias a Univoluntarios por su cariño, paciencia, simpatía, risas y apoyo constante. Por acompañarme, enseñarme y hacerme sentir en casa incluso a miles de kilómetros. Sin ellos, esta experiencia no habría sido posible.
Me llevo aprendizajes, recuerdos, personas y una certeza muy clara: esta experiencia me ha cambiado la vida. Y por eso, hoy puedo decirlo con orgullo y emoción que: una vez univoluntaria, siempre univoluntaria.
