
19 de octubre 2025- Experiencia de Alejandra Batanero Tocora

Como mujer latinoamericana, me siento profundamente orgullosa de haber habitado un espacio lejos de la ciudad, lejos de la rapidez y de esa lógica de liquidez que atraviesa nuestras vidas en las capitales. Vivir tres meses en Guatemala, en Huehuetenango —en Chiantla y, más adentro aún, en Quilinco, donde se encuentra la aldea Nuevo Progreso— me permitió tejer mi vida con otros hilos, con otros tiempos, y abrirme a mundos que no siempre caben en los mapas occidentales.
Allí, donde el Estado no llega, aparecen los rostros de mujeres que sostienen la vida. Mujeres que hacen gobernanza sin nombrarla así, que organizan, cuidan, deciden, resisten. Mujeres que hacen comunidad incluso cuando todo parece ir en contra.
Son ocho las mujeres que conforman AMAS, la Asociación de Mujeres en Acción Solidaria. Llevan alrededor de 17 años trabajando juntas para mejorar la calidad de vida de su comunidad. El trabajo colectivo no solo ha fortalecido su propio territorio, sino que poco a poco se ha expandido hacia otras aldeas. Parte importante de nuestro voluntariado fue acompañar ese proceso y aportar a algo tan sencillo y tan profundo como la materialización de su oficina: un espacio (cuarto) propio para encontrarse, pensar y decidir juntas.
En Guatemala, las mujeres trabajan en promedio 13 horas diarias en labores de cuidado, del hogar y en múltiples actividades que no son remuneradas. Aun con toda la fuerza y el empoderamiento que existe, las mujeres de AMAS atravesaban fracturas internas. El problema es estructural: muchas veces ese mismo sistema las empuja a alejarse de la asociación, a volver a la invisibilidad, a separarse del grupo y perder el tejido social que tanto cuesta construir.

Y, aun así, siguen. Porque cuando todo falta, la organización se vuelve refugio. Y cuando el abandono es la norma, la solidaridad entre mujeres empieza a parecerse mucho a un futuro posible.
Mi estadía estuvo acompañada de mi amiga Koreima Ortiz, una mujer mexicana con quien nos fuimos tejiendo en el territorio. La experiencia estuvo atravesada por la adaptabilidad y el respeto: quisimos llegar despacio, entender nuestros privilegios y guardar en la memoria los saberes rurales que nos compartieron. Una trabajadora social, colombiana y una abogada que salieron de América Latina hacia un continente que colonizó nuestras tierras, y que por esas vueltas extrañas del destino—terminaron encontrándose como amigas en el centro del corazón de nuestro continente.

Somos maestrantes del programa de Derechos Humanos y Gobernanza de la Universidad Autónoma de Madrid. Realizamos nuestras pasantías desde un lugar cercano, con conocimientos situados y una lectura cuidadosa de la realidad social. Trabajamos con alrededor de ocho grupos en tres municipios de Huehuetenango, conformados por unas 200
mujeres, desarrollando talleres y espacios de formación en género, decolonialidad, derechos humanos, soberanía alimentaria y fortalecimiento comunitario.
Uno de los grandes aprendizajes fue el trabajo con hombres. No existían espacios previos de diálogo con ellos, y en el contexto rural las masculinidades y feminidades están profundamente atravesadas por la supervivencia, por la urgencia diaria de llevar comida a la mesa.
La comunidad nos acogió con una organización orgánica y una ternura que todavía habita en el cuerpo. Cada día las mujeres se turnaban para compartirnos la comida: una noche en casa de doña Tomasa, otro día con Olivia. Teníamos muchos hogares, pero el de doña Flora
—cabal, como dicen en Guatemala— se volvió nuestra casita. Desde ahí aportamos a la consolidación del espacio físico de AMAS y al fortalecimiento de la organización de las mujeres.
Guatemala es un país atravesado por profundas fracturas estructurales, visibles en la falta de acceso a derechos humanos básicos. En ese contexto, el voluntariado cobra sentido no como salvación, sino como un ejercicio para decolonizar la mirada, incomodarnos, y volver al sur global con el corazón un poco más despierto.
